Por eso me sorprende aún más ver la reacción del público chileno ante un evento tan sencillo en su concepción como lo es la tierna historia de La Pequeña Gigante y el Tío Escafandra. Debo confesar que yo fui de esas espectadoras que el 2007 quedaron fascinadas con ese mundo de fantasía que nos planteó una marioneta de dimensiones enormes y que paseó su niñez por todo Santiago. Me maravilló la sencillez de su historia, de su existencia. Ver esas dimensiones me hizo sentir una niña pequeña sorprendida por algo que nunca había visto.
Esta vez, la experiencia aumentó. Ver aparecer al tío Escafandra en busca de su sobrina para entregarle las cartas de su madre muerta en el Titanic fue simplemente impresionante. Esta vez volví a meterme como en sueños en esos libros de cuentos que tenía cuando pequeña, aquellos que me contaban historias de gigantes que vivían en tierras desconocidas y que hacían volar mi imaginación. Sentí esa mismo sabor de imaginar cómo serían esas tierras, esos colores y esos habitantes. Me imaginé incluso en algún momento cómo se habría sentido Mike viendo ese espectáculo, soñando y sintiendo su niñez aflorar como siempre debió haber sido...
Puede ser una locura, una tontera para muchos, pero esas cosas tan sencillas me dejan en el corazón y en la mente mucho más que cosas muy elaboradas y retorcidas. Volver a sentir sensaciones básicas de redescubrir el mundo a cada paso es algo que agradezco infinitamente, porque a mí, se me puede deslumbrar y arrancar una sonrisa con el color de una hoja de papel, de un lápiz, como dejándome ver un vetusto y viejo diario de otra época o con una simple y sincera sonrisa.
































